Parte III
Si el Cristo católico llegó
a nosotros vía España, el Cristo del protestantismo ha venido de otros países
europeos -como Inglaterra, Alemania, Francia y Holanda- y de los Estados Unidos
de Norteamérica. De ahí que muchos le hayan identificado con sistemas
imperialistas o capitalistas del mundo occidental. Las implicaciones de esta
idea son dignas de un estudio aparte. Por ahora, basta decir que, en general,
el Cristo protestante representa la herencia de los reformadores religiosos del
siglo XVI, aunque El no se originó con ellos, ni por medio de ellos. Los reformadores hallaron su fuente de
autoridad en las Sagradas Escrituras y a ellas apelaron con finalidad para todo
asunto de fe. A la autoridad de la Iglesia antepusieron y sobrepusieron la
autoridad de la Biblia. Sus gritos de batalla fueron: " La Escritura sola,
Cristo solo, la gracia sola y la fe sola como el medio de justificación delante
de Dios”.
Su Cristo lo buscaron
principalmente no en la penumbra de los altares, ni en los pergaminos vetustos
de la tradición eclesiástica, ni en los tratados filosófico-teológicos de los
escolásticos, sino en las páginas del Sagrado Texto. La Reforma fue un retorno
a la Biblia, un empeño por re-descubrir al Cristo del Nuevo Testamento.
Esto nos sugiere la segunda
gran característica del movimiento reformador: su mensaje salvífico que tiene
como centro y circunferencia a la persona y obra de Jesucristo. El es exaltado al lugar de preeminencia en la
teología, la vida y el culto de la Iglesia. El es el Cristo que se introduce en
la historia y experiencia del hombre por medio de la encarnación. Participa de
carne y sangre humanas, vive entre los hombres, identificándose plenamente con
ellos, sufriendo con ellos y por ellos, y muriendo finalmente a favor de ellos.
Pero El es también el Cristo de la resurrección. Por consiguiente, el énfasis
cae ahora en el Cristo que vive para siempre y trasciende el ámbito de lo
material y temporal, al mismo tiempo que se hace presente en actividad redentora
en el mundo de hoy.
Una tercera característica
de la reforma religiosa del siglo XVI es su tendencia individualista. Se luchó
con denuedo por la libertad de conciencia y se proclama que el hombre tiene
derecho pleno al libre examen de toda materia de fe. El concepto del sacerdocio
universal de los creyentes subrayó que el individuo es libre para acercarse a
Dios y a su Palabra sin la intervención de autoridad humana. La Reforma dejó al
individuo a solas con Dios en el santuario de la conciencia, bajo la luz de la
revelación divina.
Este individualismo
protestante habría de manifestarse además en la experiencia secular del
cristiano. El individuo llega a ser consciente de su propia dignidad en la
presencia de Dios, de la Iglesia y del Estado. Toda vocación es sagrada. Por lo
tanto, el individuo puede y debe glorificar a Dios en cualquier profesión u
oficio honorable, no sólo en el aislamiento de una celda conventual. El
sacerdocio no tiene tampoco el monopolio de lo sagrado en su carácter
vocacional. Toda vocación es sacra ante los ojos del Creador. Que este
individualismo resultaría también en una variedad de grupos protestantes, era
de esperarse. Debe asimismo tenerse en cuenta que habiéndose resquebrajado la
unidad monolítica de la iglesia medieval, no es de extrañar que los que por vez
primera respiraban un ambiente de libertad religiosa no deseasen edificar otra
gran estructura jerárquica para someterse a ella. Tal estructura iría contra el
espíritu de la Reforma misma. Cuando algunos líderes protestantes, como Juan
Calvino, intentaron volver al autoritarismo del pasado, encontraron seria
resistencia entre los que ya habían sido iluminados por el nuevo
En cuarto lugar puede
mencionarse que la Reforma tuvo también consecuencias político-sociales. Era
inevitable el conflicto entre el movimiento reformador y el poder civil, debido
a que la Iglesia y el Estado se hallaban estrechamente unidos en la Europa de
aquellos tiempos. Luchar contra la iglesia equivalía a oponerse al poder
secular. De consiguiente hubo ciertas transformaciones inmediatas en lo
político y social en aquellos países donde prosperó la Reforma. Esta llevaba,
además, simientes de libertad que algún día habrían de germinar para el bien de
nuestra civilización.
Sin lugar a dudas el Cristo
de la mayoría de protestantes latinoamericanos es bíblico, en cuanto a que han
llegado a conocerle a través de las Sagradas Escrituras. El pueblo evangélico
es el pueblo de un libro - la Biblia-, y su doctrina es profundamente
cristológica. Cristo es supremo en la teología, la liturgia y el servicio del
protestantismo hispanoamericano. En el culto que se le rinde, la cruz y la
tumba están vacías. El es el Señor de la vida y el conquistador de la muerte,
el Señor que vive hoy y para siempre, el único,
"Sólo Cristo salva", 'Cristo es la Respuesta 7', "Cristo
es la Única Esperanza", han sido lemas favoritos de los evangélicos en su
tarea evangelizadora por todo el continente.
El individualismo
protestante se ha reflejado también en la experiencia del evangélico
latinoamericano. A la luz de su conciencia y bajo el resplandor de la Palabra
divina, el cristiano evangélico se siente libre de toda atadura eclesiástica y
jerárquica para disfrutar la comunión con su Dios. No depende de autoridad
humana para mantener fe. Su relación con
Cristo es profunda e intensamente personal. Su conciencia es un santuario
inviolable. De donde resulta que en Íbero América proliferan los grupos
protestantes. Levantar una gran estructura jerárquica con el fin de agrupar y
gobernar por medio de una autoridad centralizada a todas las comunidades
protestantes, sería una contradicción del espíritu evangélico latinoamericano.
Ellos creen que las desventajas de sus divisiones son menores que las de una
centralización del poder eclesial.
El evangélico latinoamericano
ha sido, generalmente, un individualista en cuanto a su responsabilidad social.
Que hay factores históricos y sociales que han contribuido a acentuar este
individualismo no puede negarse. Aquí hay otro tema apasionante para un estudio
ulterior. La verdad es que especialmente entre los elementos más conservadores
del protestantismo en Hispanoamérica ha habido cierta indiferencia frente a los
graves problemas que convulsionan a estos países que según el lenguaje de los
internacionalistas se hallan en proceso de desarrollo.
Hasta aquí el Cristo de
muchos protestantes iberoamericanos ha sido solamente escatológico -en el
sentido más estricto de este término cuando se trata de la problemática social.
Con su aparente actitud de indiferencia hacia los muchos conflictos que afligen
a nuestra sociedad, estos cristianos pueden haber dado la impresión de que para
ellos toda dificultad económico-social debe dejarse para que Cristo la resuelva
en el más allá y que poco o nada deben hacer ellos en favor del mundo en que
ahora viven.
Afortunadamente han
comenzado a soplar nuevos vientos que prometen un cambio en esta posición de
negligencia social. Aun el Cristo del protestantismo conservador ha empezado a
abrir sus labios para decir el mensaje que ha callado sobre los problemas
sociales del hombre latinoamericano. Tiempo era ya que se le dejase hablar.
EL CRISTO DE LA NUEVA
TEOLOGÍA
Una de las reacciones más
grandes al silencio del Cristo tradicional es la que ahora comienza a
manifestarse en círculos teológicos de izquierda, dentro del catolicismo y
protestantismo latinoamericanos. Con gesto impaciente y rebelde, y con una
mística capaz de subyugar a muchos espíritus selectos, los nuevos teólogos
lanzan en nombre de Cristo su protesta de justicia social. El Cristo que ellos
proclaman es antropólogo y sociólogo, maestro de ciencias económicas, perito en
estadísticas, psicólogo de masas, experto en política nacional y extranjera,
teórico de la revolución, reformador social. Es el Cristo inconforme,
activista, rebelde -y aun violento- que se viste a lo proletario y habla el
lenguaje complicado de los técnicos de nuestro tiempo.
La teología de este Cristo
-si teología puede llamársele- es definitivamente antropocéntrica. Viene del
hombre para el hombre, y no va más allá del hombre. Establece prioridades de
orden material. Su reino es de este mundo y consiste en comida y bebida aparte
del espíritu. Transformar las estructuras sociales es su objetivo supremo, aun
cuando el individuo no cambie. En contraste con el Cristo individualista del
protestantismo tradicional iberoamericano, este Cristo de los teólogos de
izquierda es un furioso colectivista. Tiene obsesión de masas y está en peligro
de perder de vista al individuo. En cierto modo este Cristo es un producto de
nuestra ultra moderna civilización que despersonaliza al individuo y lo aplasta
bajo la enorme maquinaria económico-social.
La presencia del Cristo de
izquierda en nuestra América no debiera causamos sorpresa. Tarde o temprano el
Cristo socialmente inactivo vería interrumpido su sueño de siglos por el
advenimiento de otro Cristo ansioso de hablar y actuar. Si el recién llegado es
el genuino, el auténtico, queda por dilucidarse a la luz del Nuevo Testamento.
¿Por qué a la luz del Nuevo Testamento? Sencillamente porque no hay documentos
más autorizados para hablamos del Cristo verdadero que los escritos
novotestarnentarios. Es ahí donde por vez primera en la historia humana se
describe la persona y obra de Jesús de Nazareth. En esas páginas antiguas se
encuentra el testimonio de hombres que le conocieron de cerca y anduvieron con
El. Ahí está la fuente del cristianismo, el manantial de donde recibimos la
enseñanza de su fundador y maestro. Es por lo tanto el Nuevo Testamento la
norma que determina la autenticidad o falsedad de nuestros cristos, la luz que
pone al descubierto la verdad o el error de nuestro cristianismo, la espada flamígera
que divide entre los que son y los que no son del Cristo, vale decir, del
legítimo Cristo.
Un nuevo signo de esperanza
se perfila en el horizonte de nuestra América hispana. Hay un retorno a la
lectura de la Biblia en las diferentes comunidades eclesiales. El Libro de
ayer, de hoy y de siempre está en muchas manos, delante de muchos ojos ávidos
de conocimiento espiritual. De las páginas sagradas habrá de erguirse la
presencia majestuosa del Cristo histórico, viviente y verdadero, en respuesta a
la búsqueda de fe.
Emilio Antonio Núñez
Teólogo Latinoamericano

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